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El divorcio cuando nos hacemos mayores: ¿y por qué no?

Se dice que el amor no tiene edad, pero el desamor tampoco. La jubilación puede ser esa atalaya para percibir que el desgaste de la convivencia ha pasado por nuestras vidas. Esa crisis puede ser una oportunidad para definir una nueva realidad personal

Emma Vicente EM 16-12-2022

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Cuando el vínculo matrimonial se rompe, se produce una transición que suele definir una realidad personal y familiar más compleja, pero no necesariamente más perjudicial.

El divorcio, en España, no es un invento de nuestro tiempo. En 1932, durante la Segunda República, esta forma de romper el matrimonio fue legalizado, siempre que fuese por “causa justa”, como decía el artículo 43 de la Constitución de 1931. Superaba en mucho a lo que entonces había, el Código Civil de 1889, que en el artículo 52 decía que solo la muerte de uno de los cónyuges disolvía el casamiento. Pero poco duró el avance del 32, porque cuando llegó la Guerra Civil fue suspendido hasta quedar derogado, explícitamente, en 1939, con el triunfo de la contienda por parte del bando franquista, al ser este hecho “radicalmente opuesto al profundo sentido religioso de la sociedad española”, como rezaba la ley de 23 de septiembre de 1939, el cual anulaba toda la legislación considerada laica. Lo curioso de esta situación es que se fijaron efectos retroactivos, con lo que quienes habían roto su matrimonio, o bien no podían volver a casarse o peor aún, la unión volvía a estar vigente. Se imaginarán que el motivo que hubiera sido el detonante de esa separación se agravaba siendo tremendamente cruel, una vez más –y peor en aquellos tiempos–, para las mujeres. 

Tuvieron que pasar más de cuatro décadas para que en 1981 se reconociese de nuevo el derecho de divorcio, como tal, ya que aunque la Constitución de 1978 lo menciona, lo hace, digamos, como un anuncio, con “reserva de ley”, es decir, en espera de que se introdujera en el debate parlamentario. Finalmente, en 1981, en la Transición, se legisló como derecho constitucional. Desde entonces, han habido dos ampliaciones, en 2005 –siendo el divorcio exprés la mejora más llamativa– y en 2015 –que ya incluía la posibilidad del divorcio notarial–, hasta llegar a la ley como la conocemos actualmente.  

LA JUBILACIÓN COMO CAUSA DE DIVORCIO

En estas páginas hablamos de ruptura conyugal, de separación y divorcio, que como explica la abogada de Mundojuridico Abogados y CEO en Mundojuridico.info, Inmaculada Castillo Jiménez, “la diferencia principal entre ambos conceptos es que la separación no disuelve el vínculo matrimonial, lo que implica que los cónyuges no pueden volver a contraer matrimonio. En cambio, el divorcio sí lo disuelve”. 

Los expertos hablan de una crisis a los 40, pero los datos de los últimos años arrojan también otra realidad: el incremento de las rupturas conyugales a partir de los 65 años. A finales de 2019, se produjo un aumento exponencial que se redujo considerablemente con la pandemia hasta llegar a 2021 –últimos datos registrados por el INE– que dibujan de nuevo una línea ascendente en el gráfico. Quienes entran ahora en los 60 o 70 años, tienen un nivel intelectual, unas inquietudes culturales y unas vivencias que distan mucho de las de hace solo dos décadas, y por tanto, ya se han adaptado a esa nueva realidad social que no se deja llevar por el qué dirán.

Además, en las parejas maduras hay un nuevo contexto, que es la independencia económica de las mujeres. 
Pero lo que parece más causa-efecto lo señala el informe ‘Las Personas Mayores’, publicado por el Imserso, que refleja que los divorcios tardíos se producen poco después de la jubilación. En el grupo de 65 a 69 años son el 5,45% del total, mientras que en el tramo de 85 a 89 años no llegan al 1%. La jubilación puede ser, por tanto, ese punto de reencuentro con una pareja que ahora nos resulta desconocida. Así que ese reencuentro, cuando los hijos –si los hubiera– ya no están, cuando los hobbies o los temas de conversación ya no son compartidos y cuando disponemos de más tiempo para reflexionar sobre si se han cumplido nuestras expectativas, puede generar el desencuentro. Y en el horizonte, con una esperanza de vida al alza, sintiéndose jóvenes todavía, iniciar un nuevo proyecto vital no parece un mal plan. 

Eso sí, no hay que dejarse llevar por la zozobra de la desunión ni por cantos de sirena del escenario que se abre. Como advierte Inmaculada Castillo, “cuando ya hay una clara y seria intención de ruptura, el principal paso es informarse sobre las consecuencias que tendrá esa ruptura. Nuestros clientes quieren saber cómo deben de dejar, atendiendo a sus circunstancias concretas, las cosas lo más cerradas posibles. Es cierto que cuando el matrimonio lleva mucho tiempo y por la edad en sí, la mayor preocupación es saber cómo se va a repartir el patrimonio común y, sobre todo, que se van a quedar respaldados económicamente”.


LA MIRADA DE GÉNERO

Los estudios más actuales no acentúan tantas diferencias de género a la hora de dar el paso, si bien, las mujeres suelen acusar no sentirse queridas, sentirse despreciadas en la relación o están cansadas de las actitudes dominantes de sus cónyuges hacia ellas. Por su parte, los hombres dicen, mayoritariamente, sentirse desatendidos por sus parejas y tienen la necesidad de buscar una mayor satisfacción. 

El matrimonio ha dejado de ser una relación de dependencia, normalmente de la mujer hacia el hombre. Se busca la realización personal de los dos miembros. En este sentido, tras dar el paso, sí que las expectativas de cada uno varía en función del sexo. Las tendencias apuntan a que los hombres tienden más a volver a buscar pareja pensando en ‘alguien que les cuide’, mientras que las mujeres suelen buscar tiempo a solas y autorrealización. 

En definitiva, aunque las crisis de pareja afectan a cualquier edad y a ambos sexos, el vértigo parece mayor en la vejez por ese miedo a la soledad sobrevenida. Pero la perspectiva vital que uno adquiere con la edad, hace que determinadas decisiones se mediten más y tomen con más seguridad, tanto hombres como mujeres.

REINVENTARSE Y SER FELIZ

Durante mucho tiempo y no hace tanto, los tabúes en torno a este asunto han estado marcados, evidentemente, por una educación preponderante en la que enfrentarse a esta situación o no era posible o era visto como un fracaso. “Siendo una innovación legal relativamente reciente” en nuestro país, como señala el doctor en Psicología, Ignacio Bolaños, ya se valora “la ruptura conyugal como un paso más en el crecimiento adaptativo de una familia”. Esta nueva visión libera de cierta carga emocional cuando se toma esta decisión, más aún cuando nos hacemos mayores. Es evidente que la separación de una pareja constituye una crisis de transición cuyo resultado suele definir una realidad familiar probablemente más compleja, aunque no por ello necesariamente más perjudicial. 


La soledad es, sin duda alguna, el gran temor que atenaza la mente de quien se enfrenta a esta situación. Más aún cuando no es el que ha tomado la decisión y  cuando tenemos cierta edad. Así que gestionar el dolor de la pérdida supone un duelo que hay que transitar. Los expertos dicen que, en primer lugar, hay que evitar la sensación de culpa. En paralelo, el paso del tiempo también ayuda a amortiguar ese dolor inevitable. También es necesario aceptar esta realidad para avanzar en el camino. Buscar el apoyo social es vital, no aislarse. Y por supuesto, mantener cuerpo y alma activos. Pero,  efectivamente, si la teoría se queda corta, existen otras alternativas. Buscar el apoyo psicológico puede ser una herramienta a tener en cuenta. 

En conclusión, el divorcio cuando nos hacemos mayores presenta muchos desafíos, pero también muchas oportunidades. Sin caer en el optimismo más frívolo de pensar que todo va a ser maravilloso, sí hay que dejarse seducir por lo que la vida puede deparar. 




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