Jueves, 9 de Diciembre de 2021 | Teléfono: 986 438 020
Atrás

Rosalía Guntín Ubiergo / Vicepresidenta de EAPN-ES

'Parece necesario desterrar la presunción de que el mayor ya es una persona pasiva, carente de criterio'

Un estudio elaborado por la EAPN-ES expone las causas de las desigualdades que afectan a la población senior y que tienen un impacto directo en la determinación de su salud y bienestar, incluyendo aspectos como la soledad no deseada o el edadismo. Lo explica una de sus autoras en esta entrevista

M.S. / EM 20-10-2021

COMPARTIR
Pregunta.- El estudio analiza las causas de las desigualdades que atañen a la población de más edad. ¿Estamos hoy ante un escenario muy diferente al de antes de la pandemia?
Respuesta.- Depende de lo que entendamos por "muy diferente", pero es incuestionable que la pandemia ha agravado aun más las privaciones que ya sufrían muchas personas mayores, porque la situación carencial no surge de la noche a la mañana. Desde un punto de vista cuantitativo, se evidencia en datos concretos, tanto los que muestra este estudio como los que revela nuestro informe ‘El Estado de la Pobreza’, que indica que “la tasa Arope –el indicador de pobreza y exclusión social en España– en las personas mayores de 65 años retoma con intensidad su senda ascendente y alcanza el 20,5% del total de personas mayores”.

P.- En otras palabras ¿se han acentuado la desigualdades sociales? ¿Cuáles son las áreas que más se han visto afectadas por la irrupción de la Covid 19?
R.- Las desigualdades se han acentuado y se han hecho más patentes. Para un importante número de personas,  las que no disponen de recursos suficientes, como son aquellas que perciben pensiones mínimas o no contributivas, mayoritariamente mujeres, ha sido muy difícil durante la pandemia no solo el acceso a la atención sanitaria sino también a conducir su vida, en todas sus facetas,  con dignidad,  de tal manera que fuera saludable y mínimamente grata en circunstancias tan adversas. Han soportado mucho sufrimiento. Por tanto, aunque toda la ciudadanía ha sufrido con la Covid-19, las rentas más altas no se han visto afectadas de la misma manera.
¿Cómo hacer frente a la vida cotidiana si, por el confinamiento, no llega la persona de la ayuda municipal a domicilio, y se vive en soledad ya sea en el medio rural, o en un piso de ciudad sin accesibilidad?, y si, además, ¿no se disponer de recursos para ayuda privada, o para permitirse un taxi en desplazamientos ineludibles?, ¿Cómo lograr una cita médica telefónica si no hay en la casa acceso a Internet?...
La brecha digital es otra causa de desigualdad expuesta en el estudio, que marca la diferencia entre grupos sociales. Se dan por otro lado, graves diferencias territoriales  con disparidad de protocolos tanto en cuanto a la atención sociosanitaria, como en la dimensión y calidad de los servicios dedicados a mayores. Y desde luego la puesta en práctica de la Ley de Dependencia es muy dispar. En algunos casos, como decimos en el estudio, no se han cumplido, incluso, los derechos humanos, ni la calidad suficiente para adaptarse a la compleja realidad de las personas mayores.  
Disponer, o no, de redes familiares y/o sociales es otro factor importante que marca desigualdades. Por otro lado, también señalamos que  es indiscutible la negligencia hacia ciertos grupos en la pandemia. Por ejemplo, el olvido de las personas sin hogar que son mayores y /o tienen una discapacidad. Este grupo especialmente vulnerable está en tierra de nadie. 

P.- En el estudio se aborda cómo la experiencia de la pandemia está resultando una tormenta perfecta que azota a las personas mayores, especialmente las más vulnerables, así como las lagunas del estado del bienestar. ¿Cual es el principal desafío al que nos enfrentamos actualmente?
Son varios desafíos. Tanto los poderes públicos en todos los niveles territoriales, como toda la sociedad tenemos que ser conscientes, en primer lugar,  de la realidad demográfica si queremos responder con eficacia a las personas mayores. Y esta realidad es tozuda: la estructura poblacional en España ha cambiado sin vuelta atrás. Cada vez somos más las personas mayores. Y existen proyecciones que  marcan  esta tendencia incluso con el horizonte puesto en el 2070. Actualmente, casi el 20% de la población tiene más de 65 años y un 6%, más de 80. Las mujeres que, en muchos casos tienen pensiones más bajas, son un porcentaje alto en ambos grupos. 
Más de dos millones de personas mayores de 65 años viven solas. De ellas, 1,5 millones son mujeres. Por tanto,  es necesario que este importante grupo de ciudadanos y ciudadanas sea tomado en consideración con todo lo que significa la dignidad humana de la que son portadoras. Teniendo siempre en cuenta la heterogeneidad del grupo. 
Las políticas públicas deben enfrentarse al reto de garantizar los derechos sociales, políticos y culturales  a un grupo poblacional cada vez más numeroso. Para ello, es fundamental el desafío de  cambiar la percepción que se tiene de las personas mayores. Opinamos que tanto los mensajes de la Administración, como los medios, y de igual manera el trato diario de todas las personas implicadas en la intervención  con mayores, debe transmitir  una imagen real y respetuosa de ellos; es decir, se trata de un grupo de ciudadanos diverso, viviendo una más de las etapas de la vida, con las peculiaridades que cada una tiene; en oposición a otra imagen que proyecta a sujetos pasivos esperando el final de la trayectoria final. Que no aportan, que solo producen gasto cuando la realidad es que la 'economía plateada' mueve muchos recursos de toda índole.
Desde nuestro punto de vista es fundamental garantizar una política justa de pensiones; evitar la discriminación por edad; impulsar la atención sociosanitaria coordinada; potenciar la especialidad geriátrica en la salud; proteger a las personas con necesidades especiales; analizar las necesidades que pueden diferenciarse en el ámbito urbano/rural; impulsar servicios sociales especializados en la atención a todas las personas mayores, pero con el foco puesto en las personas vulnerables; y promover una política adecuada de cuidados. Facilitar la profesionalización a las personas que se dedican a ellos.
Asimismo, es necesario dotar la Ley de Dependencia con una cobertura financiera suficiente; planificar centros residenciales con un enfoque como el señalado en el estudio, centrado en la persona; disponer de protocolos claros para detección de malos tratos; eliminar toda clase de barreras en la vivienda y en los pueblos y ciudades; y, según decimos en nuestro estudio: "no menospreciar el tabú de la elaboración psicológica y social de la muerte y el duelo, así como de los aspectos concretos relativos a las responsabilidades sobre voluntades y cuidados paliativos".

P.- Hacen referencia, como punto de partida de sus recomendaciones, a la inclusión de los derechos de las personas mayores en el centro del debate político. ¿Cómo se ha de abordar este primer reto? 
R.- Opinamos que las políticas dirigidas a las personas mayores deben tener el mismo enfoque que el de otros grupos de edad: orientado a derechos. No se trata de dar cobertura a una personas mayor en una residencia, por ejemplo, porque es humano, necesario, o como indicador de la solidaridad de un país,  sino porque ese hombre o mujer mayor es un sujeto que posee derechos. Por tanto se desterraría el paternalismo, la infantilización que se recibe en muchas ocasiones, en este caso de las residencias. Parece necesario desterrar la presunción de que el mayor ya es una persona pasiva, carente de criterio para conducir su vida. Sin legitimidad. Por tanto, esta perspectiva debería iluminar toda acción política y social dedicada a mayores.  

P.- El análisis de la soledad no deseada es una de las patas en las que se sustenta la investigación. ¿Por dónde empezar a combatir este aislamiento que llegan a sufrir hasta un 80% de los senior? 
R.- Como exponemos en el estudio, esta cuestión es motivo de sufrimiento para muchas personas que debe abordarse desde la subjetividad de las diferencias individuales. A veces tiene que ver con procesos de duelo prolongados o cambios de barrio y vivienda por motivos ajenos a la voluntad de la persona que se ve obligada a residir en un entorno desconocido.
Siendo ya positivo que se hable de ello, de la intensidad y extensión del problema, que ha servido para una mayor sensibilización social, desde EAPN nos decantamos por las medidas preventivas como promover programas de preparación a la jubilación y reforzar redes sociales comunitarias, espacios de encuentro en torno a actividades lúdicas, culturales y de ocio. Para ello los municipios o distritos deben fortalecer los centros culturales de barrio, que favorezcan relaciones intergeneracionales.
Asimismo, apuntamos que la ayuda a domicilio, en el caso de personas más dependientes, no se limite a una hora diaria para el apoyo de aseo personal o de la casa. Contar con alguien durante más tiempo sería un medio para el contacto externo, para tener alguien con quien hablar e intercambiar estados de ánimo. También el refuerzo de una vecindad cercana y solidaria, que por cierto, y quizás sin ser esperado por muchos dados el diagnóstico negativo que se hace actualmente de la sociedad, se ha puesto de manifiesto en la pandemia.
Aún teniendo en cuenta los efectos no deseados de las redes sociales, si se facilita el acceso las personas solas podrían tener más oportunidad de mantener contacto con familiares y conocidos. El apoyo debe ser fehaciente para que sobre todo las personas con menos recursos tengan acceso a internet y a los medios necesarios.
Apoyar las diversas entidades sociales sin ánimo de lucro que ya tienen como misión el acompañamiento a los mayores solos, ampliar la dimensión del servicio de teleasistencia y prestar apoyo psicosocial para aquellas personas que ya sufren deterioro causado por la soledad serían otras de las medidas que proponemos.


Tlfno: 986 438 020 | contacto | aviso legal