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CLAUDIA LUNA / PERIODISTA, ECONOMISTA Y AUTORA DE 'EL CLUB DE LA NAFTALINA'

'La vida está en la calle y el amor lo dan las personas, no las máquinas'

Claudia Luna acaba de publicar su último libro: 'El club de la naftalina', una historia que entrelaza las vidas de una mujer mayor y una más joven que acaba de llegar a la España de los años 90

A. Lemos 15-07-2019

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Luna, junto a su último libro.

Pregunta.- Recientemente ha publicado ‘El club de la naftalina’, una novela sobre edadismo, mujer y soledad. En ella conocemos a Inmaculada y a Ana María. ¿En quién o qué se inspiró para crear estos personajes?
Respuesta.- Me inspiré en las personas adultas mayores que he conocido a lo largo de mi vida y de residir en España. He conocido no a una, sino a varias personas como Inmaculada, mi personaje protagonista.
En cambio, Ana María es un personaje de mi creatividad. No tiene nada que ver conmigo, ya que el libro no es autobiográfico. He querido dejar adrede a una coprotagonista mexicana porque la historia del libro recoge un período en el tiempo, entre 1999 y 2001, en que empezaron a pasar cosas en España que tienen que ver con la llegada de flujos de inmigrantes, con el tráfico de droga y otros fenómenos. Yo desdibujo todo un escenario que, en su momento, fue real, por ejemplo, el tremendo endeudamiento económico que ya se estaba gestando y que nos reventó en 2007-2008.

P.- ¿Qué las une y qué las separa?
R.- Son dos personas totalmente ambivalentes y también lo he hecho a propósito: Inmaculada es una viuda septuagenaria madrileña acomodada del Barrio de Salamanca que intenta reponerse y sobrevivir a la pérdida de su gran amor. Es una persona positiva, con carácter, bondadosa, con fe en el porvenir… En cambio, Ana María es una joven de 30 años que experimenta serios problemas que la ponen al borde de la diatriba de vivir o morir. Ella tiene poquito carácter, es pesimista, casi sin autoestima, acostumbrada a los golpes físicos y emocionales. No sabe vivir fuera del maltrato.

Son dos personajes distintos y equidistantes. Los separa la brecha generacional, la edad, el nivel cultural –una es española y la otra mexicana–; también las distancia el nivel socioeconómico y, por supuesto, el carácter, su fuerza para afrontar la vida.

P.- La novela está ambientada en dos Españas: la de la Guerra Civil y la de los años 90. ¿Por qué son especiales estas dos épocas a nivel socioeconómico? 
R.- El eje del libro es Inmaculada, que tiene 70 años en ese momento de finales del siglo XX. Ella representa a una generación que creció, como muchos adultos mayores, marcados por la Guerra Civil, bien porque les pilló siendo niños, jóvenes o adultos. Muchos de esos adultos ya murieron, y quedan los que fueron niños o jóvenes. Y se marca un período en el tiempo imprescindible para recordar el rol femenino en esa etapa, durante y ex post. En la novela se abordan claramente los roles y las diferencias. Había que plasmarlo para que a los nuevas generaciones no se les olvide.

R.- ¿Qué diferencias existen entre los mayores de estos dos periodos históricos? 
R.- Simplemente tenemos generaciones más longevas en la actualidad, más cubiertos por las políticas públicas; no viven el estrés de una guerra y la recuperación de la posguerra. Pero los de ahora están más solos que nunca.

P.- ¿A qué desventajas se ven abocadas Ana María e Inmaculada por su condición de mujeres? 
R.- Inmaculada, de joven en la posguerra, a obedecer los dictados del padre y, como no lo hace, existen las represalias que narro. Ana María, en cambio, en los albores del siglo XX, se ve abocada a otro tipo de maltrato que tiene que ver con la explotación sexual, la vejación, la utilización de muchas mujeres para que hagan cosas por hambre, por necesidad o por amor; cosas malas que no deberían hacer. 

P.- Dos décadas después de la época en que se ambienta la novela, ¿cómo ha cambiado, en su opinión, el panorama para los mayores en relación a los temas que aborda en su novela? 
R.- Ha cambiado a que en la era digital, en la sociedad de la información, muchos están muy solos. No solo viven su jubilación económica y laboral, también algunos quedan desahuciados sociales. 

P.- Bajo su punto de vista, ¿cree que el edadismo y la soledad en las personas mayores son problemas con los que se podría acabar a largo plazo? 
R.- Son problemas que tenemos que abordar con sapiencia e integración, porque nosotros también seremos mayores. Después de 2030 habrá una base de adultos mayores muy voluminosa que estará ensanchando el pico de la pirámide poblacional. Un adulto mayor no es un desecho, es un ser lleno de experiencias que quiere seguir aportando, que quiere ser incluido y sentirse aceptado socialmente.

P.- Como periodista, ¿cómo cree que los medios de comunicación pueden contribuir a terminar con dos lacras sociales?
R.- Incorporándolos a los temas con respeto y humanidad, contribuyendo a crear mayor conciencia entre los más jóvenes de que ellos también serán mayores; colaborando para que los diversos órganos de gobierno generen leyes y acciones no solo para dar visibilidad a un problema real, sino para, repito, humanizarlo. 

¿Y si no tienes a nadie con quien hablar a tu alrededor? Pues creemos brigadas de jóvenes que adopten a un adulto mayor y lo visiten dos veces por semana, que pasen tiempo con ellos, que vayan al cine, que hablen, que vivan… sería un servicio social maravilloso, porque eso humanizaría a esta nueva juventud digital y materialista. La vida está en la calle y el amor te lo dan las personas, no las máquinas.

P.- Sus anteriores obras giran en torno a la política y la economía. ¿Qué detonó ese cambio hacia este género y tema literario? 
R.- Escribo una columna tres veces por semana que se llama ‘Por la Espiral’, y un artículo largo semanal cuya temática es siempre la geopolítica y la geoeconomía. Sin embargo, desde adolescente, escribo poesía, y publicarla es un reto que ahora afrontaré; pero también me gusta la novela costumbrista-realista que recoge un momento en el tiempo que desmenuza una problemática y narra las miserias humanas entendidas no en términos económicos, sino en un cúmulo de defectos.

Demoré cuatro años en escribir ‘El club de la naftalina’. Cambié el título original y también el final. Los personajes cobraron vida en mi cabeza, en mi pensamiento, era imposible desprenderme de eso.

Ahora tengo dos temas en mente. Uno, Villa Maya, que hablará del Schindler mexicano en Málaga en tiempos de la Guerra Civil, y otro, un thriller de ciencia ficción del que ya tengo el título: ‘Dos minutos antes de morir’. Ya esbocé la historia en un cuaderno, y ahora tengo que darle vida. Creo que será mi siguiente novela.


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