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Melania Moscoso y Txetxu Ausín / Investigadores del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (V) y coordinadores del libro ‘Soledades: una cartografía para nuestro tiempo’

'Sobre la soledad pesa el estigma de la exclusión, de que aquellos que se encuentran solos son responsables de su propia suerte'

Horacio R. Maseda 08-03-2022

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PREGUNTA.- En la presentación del libro ‘Soledades: una cartografía para nuestro tiempo’ en el espacio BBK Kuna, se definió la soledad como una “pandemia silenciosa que afecta ya a una de cada cuatro personas en los países industrializados”. ¿El primer reto es que deje de ser invisible?

RESPUESTA.- Melania Moscoso: Más que visibilizar, nosotros diríamos que se trata de desestigmatizar. El fenómeno de la soledad empieza a ser bien conocido desde el punto de vista cuantitativo en la mayoría de nuestras sociedades. Se calcula que en España, 2019, había 4,7 millones de hogares unipersonales y más de 2 millones son personas mayores de 65 años. Estos datos son coherentes con los hallazgos de otros países de nuestro entorno, como Inglaterra.

- Txetxu Ausín: Las investigaciones cualitativas insisten que entre las personas mayores existe una discrepancia entre las relaciones sociales que se tienen y las que les gustaría tener. Con frecuencia, el origen de la soledad es autoatribuido: es frecuente que las personas se culpen de la situación de aislamiento que padecen.
Y es que sobre la soledad pesa el estigma de la exclusión. De que aquellos que se encuentran solos son responsables de su propia suerte. La soledad no deseada es algo que marca a las personas y tiende a hacerlos responsables de su propia situación de fracaso social ante los demás.

P.- ¿Cómo surgió la posibilidad de colaborar con BBK Kuna Institutoa y cuáles son los objetivos que se marcan con esta publicación?

- T.A.: BBK Kuna es una iniciativa de la Fundación BBK que se plantea como un espacio de innovación social ligado a los Objetivos de Desarrollo Sostenible y que busca analizar y dar respuesta a los grandes retos del futuro. Para ello, se impulsaron tres proyectos-cero orientados a diferentes retos, siendo Bakarzain uno de ellos, centrado en el fenómeno de la soledad no deseada y los cuidados en sociedades más longevas.

Esta publicación, ‘Soledades’, precisamente responde a la primera fase de nuestra investigación que aspiraba a ofrecer una mirada plural e interdisciplinar a este fenómeno de la soledad no deseada, sin caer en simplificaciones, presentándolo como un problema social y público y no individual. Para ello, analizamos desde su configuración como un concepto moral denso, hasta su presencia en el cine y la literatura, pasando por su relación con el cambio social, el auge del individualismo y la pérdida del lazo social, la crisis de los cuidados, el impacto sobre la salud, el contexto de la discapacidad y la institucionalización, la diversidad cultural, la tecnología y el urbanismo. Por ello, subtitulamos la obra como ‘Una cartografía para nuestro tiempo’, en la medida en que la soledad es la expresión de profundos cambios sociales, culturales y económicos que están transformando profundamente nuestro mundo. 

P.- Aunque la soledad puede afectar a cualquier persona, su impacto negativo sobre la salud física y psíquica en el colectivo mayor puede ser devastador. ¿Creen que se trata de uno de los grupos más vulnerables a proteger?

- M.M.: Entre las personas mayores hay un mayor número de factores que pueden predisponer a las personas a lo que se ha llamado “el precipicio de la soledad”, acontecimientos biográficos que abocan a una pérdida de roles, como la jubilación, la pérdida de la pareja, el abandono del hogar por parte de los hijos, síndrome del nido vacío etcétera. Aunque la soledad no es privativa de ningún grupo de edad, sí es cierto que los eventos vitales que dan lugar al precipicio de la soledad tienden a concentrarse en determinadas épocas de la vida, como es la edad avanzada.

El aislamiento tiene correlación con numerosos problemas de salud. Existen investigaciones que muestran que la soledad correlaciona con la mortalidad prematura y la cardiovascular, como la pandemia ha puesto de manifiesto de forma dramática: con independencia de la situación económica, la soledad aumenta las probabilidades de mortalidad en un 26%, no solo entre las personas mayores. 

Con todo, la identificación de colectivos vulnerables o más expuestos a la soledad puede distraer la atención de los insidiosos    procesos de exclusión social que hacen que la soledad se cronifique, cuando sobreviene uno de los acontecimientos vitales que provocan el precipicio de la soledad. Y es que, como señala el sociólogo Robert Castel, la soledad no es un estado final ni un estatuto, la soledad es el punto final de una serie de trayectorias vitales cuya huella conservan.

P.- El libro plantea un análisis del fenómeno en tres ejes, uno de ellos se refiere al auge del individualismo y el declive de las redes de apoyo social y familiar (desafiliación). ¿Cómo se puede recuperar hoy el concepto de comunidad?

- M.M: La desafiliación es un concepto acuñado por el sociólogo Robert Castel para referirse al proceso de desconexión respecto a las regulaciones a través de las cuales la vida social se produce y se renueva, una degradación del vínculo social que ocurre en paralelo al deterioro de la situación económica y que la agrava. 

Quien está desafiliado o apartado de las redes de interacción social formalmente cuenta con todos los atributos de la ciudadanía, pero no los realiza. Tenemos así que el vínculo social es un requisito imprescindible para devenir en un individuo con garantías, a pesar de lo que insistentemente se afirma desde cierto individualismo interesado. 

La comunidad es requisito necesario para ser individuo. Etimológicamente viene del latín munus, deuda, es lo que nos debemos los unos a los otros como sociedad.

Parece difícil recuperar hoy en día esa comunidad o vecindad cuando las relaciones sociales se hacen más frágiles a causa de la precariedad laboral, la falta de espacios públicos para el encuentro, la cultura del individualismo a ultranza y la transformación de estructuras sociales básicas como la familia o el trabajo.

P.- El libro habla también de la crisis de los cuidados, de los que se encargan mayoritariamente las mujeres y derivando en un trabajo precario o tan siquiera remunerado. ¿Por qué estamos infravalorando los cuidados?

- M.M.: Relegar el mundo de los cuidados a segundo plano es una forma de resolver en falso una de las contradicciones de la sociedad contemporánea. Esta paradoja reside en el hecho de que la economía productiva depende de todas esas tareas de cuidado que suelen hacer mayoritariamente las mujeres y que se engloban dentro de las tareas de reproducción social, siendo así que el mundo del trabajo coloniza el tiempo y las energías disponibles para estas tareas y pone con ello en peligro la cohesión social. 

Por eso decimos que la soledad no deseada obedece a factores estructurales, tales como la desafiliación, que tienden a blindar la economía productiva a expensas de la reproducción y los cuidados, que se marginan, ocultan e infravaloran.

Tenemos una organización dual del trabajo de cuidados: por un lado, aquellos que pueden, pagan por estas tareas; por otro lado, están aquellas (principalmente mujeres) que no pueden atender a sus familias porque están haciendo precisamente el trabajo del primer grupo, con salarios muy bajos y sin protección en lo que se ha denominado “el círculo vicioso del cuidado”, que agranda las desigualdades.

El concepto de soledad permite dar entidad a situaciones límites que no tienen sentido a no ser que se las ubique en un proceso, por ello pretendemos que nuestra investigación no se centre tanto en colectivos vulnerables a los que se identifica vulnerables, sino en arrojar luz sobre los procesos que conducen a situaciones terminales sobre las que aplicar intervenciones paliativas.

En este sentido, investigaciones estadísticas como las emprendida por el Office of National Statistics Británico señalaba que uno de los colectivos más afectados por la soledad era el de las madres solteras, lo cual viene a confirmar los hallazgos de otras investigaciones que señalan que la dedicación intensiva al cuidado provoca soledad.

Consideramos que la soledad es un fenómeno asociado a factores estructurales como la tendencia a marginar las tareas de la reproducción social en beneficio de la economía productiva. La pensadora feminista Nancy Fraser ha denominado esta situación como “uso parasitario” del mundo de los cuidados. El cuidado de los niños y niñas, de las personas mayores, el mantenimiento de las redes sociales informales de apoyo vecinal y todo lo que se desarrolla en torno a las instituciones de socialización secundaria son el requisito necesario para el desarrollo de un entorno laboral productivo. Son lo que la propia Fraser denomina “Talleres ocultos del capital”.

P.- Otro punto clave del libro se refiere a la ambivalente relación del individuo con las tecnologías digitales. ¿Cuáles son esas dos formas de interpretar la tecnología?

- T.A.: La tecnología y, muy especialmente las tecnologías de la información y la comunicación, se han mostrado como instrumentos valiosos a la hora de mantener vínculos personales y laborales durante la pandemia. Asimismo, intervenciones tecnológicas como dotar de un simple teléfono móvil a personas en exclusión o artefactos como la teleasistencia facilitan el contacto y la relación necesarios para afrontar situaciones de soledad. 

Sin embargo, también hay estudios que inciden en el impacto negativo que las redes llamadas “sociales” o el mundo virtual tienen sobre el sentimiento de soledad de las personas, especialmente entre los jóvenes. Por no hablar de la brecha digital, la dificultad de acceso a recursos tecnológicos de amplios sectores de la población o el desarrollo de aplicaciones de gestión (en asistencia sanitaria, en banca, en Administración pública...) que son todo menos amables y comprensibles para muchas personas. Así, la digitalización presenta esta doble cara con relación a la soledad y requiere, como se dice en nuestro libro, un mayor estudio y análisis.

P.- Este aspecto, además, afecta de nuevo sobre todo a las personas mayores debido a esa brecha digital que menciona. ¿Está íntimamente ligado este concepto con el de soledad o el aislamiento? 

- T.A.: En cierto modo, sí. Como decíamos, las dificultades para acceder y manejar estos recursos digitales hacen que sectores de la población, como muchas personas mayores, se vean excluidos de redes de asistencia, cuidados y recursos. 

La pregunta crucial es si la tecnología puede contribuir a la participación en la vida comunal, si genera “comunidad”, una de las características esenciales de nuestra existencia como humanos y cuya privación constituye una clara injusticia social. El desafío es desarrollar estas tecnologías de un modo inclusivo y participativo, contando con quienes serán sus usuarios, distinguiendo situaciones diversas con respecto a la pericia y la accesibilidad. Es lo que se ha denominado tecnologías entrañables o amigables: abiertas, versátiles (interoperables), controlables, comprensibles, sostenibles, respetuosas con la privacidad, centradas en las personas y socialmente responsables (con especial cuidado de los colectivos más desfavorecidos).


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