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Apneas e insomnio: los principales culpables de que no sea capaz de conciliar el sueño

Ambos trastornos son los más frecuentes en la población en general, pero, en los senior, a estos se suma el hecho de que los núcleos circadianos –sincronizadores del sueño y la vigilia– van perdiendo potencia con el paso de los años

I. Domato 13-03-2017

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Dormir es una necesidad fisiológica, es algo imprescindible. Si el ser humano no durmiera, compremetería seriamente su salud. Es decir, fallecería. Y es que esta acción es tan importante como comer. La función biológica del sueño consiste en que, durante el mismo, los residuos de las células cerebrales se eliminen con mayor eficacia. Este repercute en nuestra salud psíquica pero también física.
En lo que al número de horas necesarias para el descanso se refiere, cualquier estimación sería una generalización. Aún así, a grandes rasgos, se podría decir que, mientras que los niños y adolescentes precisan de unas nueve horas, un adulto ronda las ocho. Sin embargo, a medida que se envejece, esto se reduce a las seis o siete horas. El tiempo de duración del descanso no es lo único que varía con la edad, pues los niños presentan un sueño más profundo que los adultos, debido a que, con el paso de los años, el porcentaje de fases de sueño profundo va disminuyendo.
Sin embargo, el problema llega cuando no se es capaz de completar esas horas de un modo continuo. La Sociedad Española de Sueño (SES) asegura que en torno a un 60% de los mayores presenta síntomas o algún tipo de trastorno del sueño. 
Odile Romero, jefe de  sección de la Unidad del Sueño del Hospital Universitario Vall d’Hebron (Barcelona) y secretaria de la SES, afirma que estas alteraciones suelen ser las mismas a todas las edades. Entre las más prevalentes se encuentran el insomnio y las apneas. La primera de ellas tiene, según el Instituto del Sueño, mayor presencia en mujeres, senior y personas con algún tipo de problema psicológico –ansiedad, depresión, etcétera–. 
Este trastorno del sueño consiste en una reducción de la capacidad para dormir. Desde esta institución distinguen dos tipos: el insomnio de inicio, que consiste en la dificultad para conciliar el sueño en menos de 30 minutos; y el insomnio de mantenimiento, que implica tanto el despertar precoz como el sueño intermitente con intervalos de vigilia de más de 30 minutos.
Por su parte, la Sociedad Española del Sueño señala que hay dos tipos de insomnio: el primario, que es aquel cuya causa no se identifica fácilmente o no está asociada a ninguna otra enfermedad; y el secundario, que aparece como consecuencia de diferentes motivos, como una enfermedad, un trastorno mental, el consumo de ciertas sustancias o medicamentos o la existencia de problemas ambientales –ruido, temperatura– o sociales –problemas familiares, cambios de horarios, etcétera–.
Además, desde la SES destacan que la duración del insomnio también se puede clasificar. Así, distingue entre el de tipo transitorio –duración inferior a una semana–, de corta duración o agudo –de una a cuatro semanas–, y crónico –se prolonga a partir de cuatro semanas–.
El otro trastorno son las apneas, que, a causa del colapso de las vías respiratorias u obstrucción de las mismas durante el sueño, provocan ronquidos fuertes. Esto no quiere decir que toda persona que ronque tenga apnea. Quien sufre esta alteración presenta repetidas pausas en la respiración. Cuando estas son de una duración superior a diez segundos es preciso consultar con un especialista. Sin embargo, hay que especificar que estas pueden alcanzar los 60 ó 120 segundos. La doctora Romero afirma que las apneas se ven favorecidas por la obesidad.
Pero, ¿por qué el organismo pierde la capacidad de permanecer dormido el tiempo suficiente para sentirse descansado a medida que envejece? Odile Romero asegura que el origen de esto está en “la pérdida de potencia de los núcleos circadianos, que son los sincronizadores que nos sincronizan entre el sueño y la vigilia”. Esto provoca que, con la edad, el equilibro entre dormir por la noche y permanecer despierto durante el día se vaya difuminando. Como consecuencia, lleva a la necesidad de realizar siestas diurnas, las cuales, a su vez, alteran el sueño de la noche. “Con la edad, necesitamos menos horas pero también el sueño se va fragmentando, se va dispersando debido a que los marcadores circadianos se van debilitando”, explica Romero. 
“Los mayores tienen dos cosas: como necesitan menos horas de sueño y disponen de más tiempo para dormir, tienen la sensación de que duermen peor. Si pasan más horas en la cama y duermen menos, tienen la sensación de que están durmiendo mal”, comenta la experta. 
A esto se suma que los senior, a menudo, disminuyen tanto su exposición a la luz del sol como la frecuencia con la que realizan ejercicio físico. Esto repercute negativamente en su calidad de vida y, por tanto, contribuye al descontrol del equilibrio entre los tiempos de vigilia y sueño.
A estos factores, la mujeres pueden sumar los derivados de la menopausia. En este periodo, dice Romero, “hay todo un cambio hormonal que muchas veces hace precipitar los problemas de sueño, si no existían ya antes. Y si ya existían, pues los empeora”. 

Repercusiones negativas de la falta de sueño
Odile Romero explica que, más allá de las repercusiones típicas de la falta de descanso, como puede ser el encontrarse mal, irritable, desconcentrado, etcétera, las consecuencias sobre la salud pueden ser muy negativas. “Es un riesgo cardiovascular y metabólico. Es decir, hay una tendencia a la obesidad, a la diabetes y una mayor resistencia a la insulina”, explica. 
Entre otras consecuencias físicas destaca la aparición de la fatiga, es decir, la somnolencia, durante el día. La escasa estimulación de las capacidades cognitivas, la pérdida de memoria y concentración y la desmotivación ante la vida son otras repercusiones negativas en la salud del senior. 

¿Cómo se diagnostica?
Para diagnosticar estos trastornos se pueden emplear diversas herramientas que la SES resume en: la historia clínica –se pregunta al paciente sobre aspectos de su historia familiar o sobre enfermedades que padezca–, historia del sueño –sus horarios de descanso durante las 24 horas del día, para poder conocer sus momentos de vigilia–; la exploración física –por si los síntomas del paciente tienen otra causa que no sea el insomnio–; y cuestionarios –para conocer la evolución del trastorno con el paso del tiempo–.

¿Hay tratamiento?
En referencia a los tratamientos recomendados para combatir estos trastornos del sueño, Romero apunta que “si estamos hablando de apneas o ronquidos hay que hacer un buen diagnóstico en una unidad de sueño y entonces hay que poner un tratamiento para evitar el colapso de la vía aérea superior. Normalmente, si va asociado a obesidad, hay que tomar medidas higiénico-dietetéticas, básicamente perder peso, dormir de lado, etcétera”.
Si estas medidas no dan resultado, “optamos por dispositivos que aumentan la presión de aire en la vía aérea, con lo cual evitan el colapso”. Estas máquinas se conocen com CPAP (Continua Presión de Aire Positiva) y lo que hacen es emitir presión de aire a través de una máscara colocada sobre la nariz mientras se duerme.
Otra opción, dice la experta, son los dispositivos de avance mandibular. “Se trata de avanzar un poquito el maxilar inferior para que quede más espacio detrás, en la zona del paladar, lo que permitan la circulación y la anatomía del paciente, para que se evite el colapso”, explica. Finalmente señala a la cirugía, pues si hay un problema, por ejemplo, en los cornetes o en el paladar por ser este muy grande, la vía quirúrgica puede dar buenos resultados.
“Si hablamos de insomnio, el tratamiento que recomiendo es la terapia cognitivo-conductual”, declara. Y es que, según comenta, lo más extendido, que son las benzodiacepinas, “cronifican el problema. Es decir, te tomas la pastilla e igual esa noche sí que duermes pero te haces dependiente de ella. Por tanto, ese problema no se soluciona”. 
Desde el Instituto del Sueño explican que este procedimiento pretende reforzar tres componentes: el conductual, que tiene como fin proporcionar pautas que cambien los hábitos del sueño y técnicas de relajación; el cognitivo, para reconducir actitudes en relación al insomnio que lo podrían estar favoreciendo mediante técnicas de desactivación nocturna, de manejo del estrés y de cambios de horarios; y educacional, proporcionando información, como que el sueño es una necesidad fisiológica, sobre los efectos de la alimentación, el ejercicio, etcétera.

El papel de la Psicología
Miguel Ángel Maroto, psicólogo-gerontólogo y director gerente de Ahoracentros, explica que existen diferentes factores psicológicos que pueden producir alteraciones y trastornos en el sueño, “como son los cambios en la vida diaria y en las rutinas, el estrés, la ingesta de comidas copiosas o el consumo de alcohol”. Además, añade, “en personas mayores, la propia jubilación, y esta ruptura de rutinas y alteración de horarios, suele generar, con mucha frecuencia, cambios en el patrón del sueño”.
Las consecuencias psicológicas son, según Maroto, “alteraciones emocionales, irritabilidad, cansancio y problemas de memoria y atención, entre otros”. 
Con el objetivo de poner fin a estas repercusiones, el experto hace hincapié en que, normalmente, “el tratamiento que hacemos los psicólogos es conductual”. “Evaluamos el problema del sueño, si es de conciliación o de despertares frecuentes o tempranos; analizamos el día a día y buscamos correlaciones entre actividades y sueño; enseñamos y entrenamos con pautas de higiene del sueño, que es un decálogo con medidas y cambios a realizar que ayudan a dormir mejor, como acostarse y levantarse a la misma hora todos los días; acortar el tiempo que se pasa en la cama; no consumir excitantes o tóxicos; realizar ejercicio físico a diario y mejor por la mañanas, etcétera”, concluye.

Sueño y Alzheimer
Recientemente, investigadores de la Universidad de California (UC) llegaron a la conclusión de que la falta de sueño podría ser un factor que favoreciera el Alzheimer. La doctora Romero concuerda con esta teoría, pues “el hecho de no dormir bien, hace que no se recupere bien todo el sistema neurológico, por tanto hay un sufrimiento a muchos niveles. Quien tenga una predisposición a tener un Alzheimer lo tendrá, pero lo que va a hacer el hecho de no dormir bien o no descansar bien es que va a facilitar su aparición. No quiere decir que si duermes bien no vas a tener Alzheimer. Puedes dormir bien y tener Alzheimer. Pero si duermes mal, tienes más números de poder tener una demencia”.
En el mencionado estudio de la Universidad de California, se trató de encontrar un vínculo entre dormir mal, pérdida de memoria y acumulación tóxica de la proteína beta-amiloide –péptido de 36 a 43 aminoácidos que se relaciona con la aparición de la enfermedad de Alzheimer– .
Para su desarrollo se seleccionó a 26 senior de edades comprendidas entre los 65 y los 81 años y que, en principio, no mostraban evidencias de algún tipo de demencia u otro tipo de neurodegeneración, de trastornos del sueño o de problema psiquiátrico. 
Primero se midieron los niveles de beta-amiloide en el cerebro de cada uno de ellos y después se les pidió que memorizaran 120 pares de palabras, para más tarde examinar si eran capaces de recordarlas. 
Tras este proceso, estos durmieron durante ocho horas, a la vez que los investigadores fueron midiendo su actividad cerebral. A la mañana siguiente, escanearon sus cerebros a la vez que trataban de recordar de nuevo los pares de palabras. Dado que el hipocampo es donde los recuerdos se almacenan temporalmente antes de ser transferidos a la corteza prefrontal, trataron de      rastrear la actividad que se producía en el mismo. “Cuanto más se recuerda después de una buena noche de sueño, menos se depende del hipocampo y más se utiliza la corteza”, señala el profesor de neurociencia de la UC Berkeley Matthew Walker, autor principal del estudio. 
Con este análisis pudieron ver que los senior que tenían mayor nivel de beta-amiloide en la corteza frontal,        dormían peor y, como resultado, sacaron peores resultados en la prueba de memoria del día siguiente. “Cuanto más beta-amiloide se tiene en ciertas partes del cerebro, se tiene menos sueño profundo y, en consecuencia, peor memoria”, explica. Estos datos indicarían por tanto que existe una relación causal en este sentido. Por tanto, si se interviene para mejorar el sueño de la persona que no descansa adecuadamente, se podría abrir la posibilidad de incidir en una posible afectación de la enfermedad de Alzheimer.
“Nuestros resultados revelan una nueva vía a través de la cual la enfermedad de    Alzheimer puede causar una disminución de la memoria más adelante en la vida”, declara Walker. “Este descubrimiento ofrece una esperanza; el sueño podría ser una nueva diana terapéutica para luchar contra el deterioro de la memoria en los senior e incluso en aquellos que ya padecen una demencia”, declara.
Sin embargo, Matthew Walker comenta: “todavía no sabemos cuál de estos dos factores –el mal sueño o la proteína vinculada al Alzheimer– comienza inicialmente este ciclo. ¿Cuál es el dedo que tira la primera ficha de dominó, desencadenando la cascada?”

Las 10 claves para dormir bien

1. Levántese y acuéstese todos los días a la misma hora: el sueño es una rutina, así que tener un horario permitirá que el organismo pueda comenzar los procesos que desencadenan el sueño con suficiente antelación. 

2. Acondicione su lugar de descanso: un ambiente tranquilo, silencioso y relajado, poca luz y con una temperatura agradable favorece la conciliación del sueño y a que este no se vea interrumpido. Igualmente, se recomienda dormir sobre un colchón cómodo y sobre una almohada adaptada a sus necesidades. 

3. Siga un ritual para dormir: disfrute del momento de preparación para el descanso: tómese un baño caliente, realice técnicas de relajación, escuche música tranquila, póngase el pijama, etcétera.

4. Evite sustancias excitantes a partir de media tarde: es decir, el alcohol, el café, el té, el tabaco, el cacao y las bebidas de cola. La cafeína estimula el cerebro e interfiere con el sueño. Por su parte, el alcohol favorece el dormirse rápido por su efecto depresivo, pero altera las fases del sueño y provoca que estas se interrumpan.

5. Controle lo que come y cuándo lo come: la cena debe ser ligera y equilibrada, lo cual no significa quedarse con hambre, pues eso puede hacer que se despierte por la noche. Además, se recomienda mantener un horario de cenas y comer cantidades adecuadas durante el día para no tener demasiada hambre por la noche.

6. Evite el sedentarismo: el ejercicio practicado con regularidad ayuda a relajarse. Se recomienda realizarlo horas antes de irse a dormir, pues se precisan unas cuatro horas para que el organismo se reestablezca. Además, el sedentarismo provoca insomnio.

7. No abuse de la siesta: la siesta superior a 30 minutos puede afectar a la conciliación del sueño nocturno. Lo ideal es que dure 20 minutos. Esta tiene un efecto beneficioso sobre el bienestar del organismo.
8. Deje de lado sus preocupaciones y tareas: maneje sus pensamientos. Trate de organizar su tiempo, ocupaciones y preocupaciones durante el día para ir a dormir tranquilo. Si tiene muchas cosas que hacer, escríbalas en una lista.

9. Si no es capaz de quedarse dormido, levántese: realice alguna actividad que pueda provocar sueño –como leer o practicar una técnica de relajación– y vuelva a acostarse cuando sienta somnolencia. Quedarse en cama conduce al nerviosismo y a la ansiedad.

10. No pase más tiempo en la cama de lo necesario: cada persona necesita unas horas para conseguir sentirse descansada y despejada. Permanecer en la cama más de ocho horas y ver la televisión en ella no favorece al sueño.


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