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Feliciano Villar / Doctor en Psicología, investigador, director de la guía profesional ‘Sexualidad en centros residenciales para personas mayores’

'Las personas mayores continúan teniendo deseos e intereses sexuales'

Villar dirigió el equipo de la Universitat de Barcelona que publicó en 2017 el novedoso informe ‘Sexualidad en centros residenciales para personas mayores: actitud de los profesionales y políticas institucionales’.

Víctor Sariego EM 07-02-2018

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Viilar es director y coautor del novedoso informe de la Universidad de Barcelona ‘Sexualidad en centros residenciales para personas mayores: actitud de los profesionales y políticas institucionales’. El equipo está integrado por los psicólogos y gerontologos Rodrígo Serrat, Monserrat Celdrán, Josep Fabà y la psicóloga, gerontóloga y experta en Atención Centrada en la Persona, Teresa Martínez, de Asturias.

Pregunta.- ¿Con qué intención han elaborado este informe?

Respuesta.- Se trata de una guía profesional cuyo objetivo es que los profesionales dejen de manejar la sexualidad de las personas mayores de acuerdo a su propia moral personal y a su criterio individual, pues no existe regulación ni se habla publicamente de ello, y que, a la vez, puedan disponer de unas directrices y elementos de reflexión que permitan una respuesta homogenea y respetuosa y no depender de lo que opine en cada momento el profesional. Deberíamos ponernos de acuerdo y concretar un criterio y una definición de lo que son los derechos sexuales en este caso. -¿Se puede hablar con libertad de esta cuestión o sigue siendo algo tabú? La sexualidad afecta a la intimidad de las personas. Hasta cierto punto es normal que no todo el mundo vaya por ahí aireando su intimidad con extraños, es comprensible. Pero, tradicionalmente, en el caso de las personas mayores, han venido manteniéndose mitos o prejuicios que asociaban la vejez a una cierta eliminacion de los derechos sexuales e incluso de la capacidad sexual. Esto es falso. El deseo y el interés sexual continúan en las personas mayores. No decae con el paso del tiempo. Y si en la vejez se dan menos relaciones sexuales que en la juventud es debido a muchas razones y no sólo a las asociadas con la edad. Aunque sí es cierto que cumplir años implica cambios físicos y fisiológicos muy determinados, estos no significan una disminución de la sexualidad. En el caso del hombre, por ejemplo, existe una mayor probabilidad de disfuncion eréctil, o que el periodo refractario, tiempo desde un orgasmo hasta una siguiente erección, se incremente. O en las mujeres falta de lubricación vaginal. Son circunstancias que pueden alterar las relaciones, pero que tienen solución y tratamiento. Total o parcial, farmacológico o no.

P.- ¿Se trataría entonces de un tipo de sexualidad diferente?

R.- Dentro de la vejez, hay varias “generaciones”. Y no es lo mismo alguien con 65 años que con 85 años. Ni físicamente ni en actitud. Sobre todo por la educación y fenómenos vividos. Muchas personas de ahora, con entre 60 y 70 años fueron protagonistas de la liberación sexual. Son mayores técnicamente. Y pensar que son tradicionales, con valores anclados en épocas pasadas es, hasta cierto punto, inexacto. Existe, por supuesto, la persona tradicional, pero también la que es mucho más avanzada y liberada en el plano sexual. Mezclar unos con otros, hacer de la vejez un todo homogéneo, es algo erróneo. Por otra parte, los cambios, físicos, emocionales y psíquicos, pueden influir en el desempeño de la función sexual –como ciertas discapacidades–, pero no impedirlas. Lo que hacen las personas mayores no es dejar de tener relaciones sexuales, sino adaptarse, cambiar y compensar estas posibles pérdidas y evitar los errores.

P.- ¿Como cuál? ¿Evitar el ‘imperio’ de lo joven, la penetración a toda costa, el sexo ‘tipo’ porno?

R.- Estamos en una época que equipara sexualidad y juventud, con un modelo y un estandar que se puede cumplir de jóven, pero de mayor es más difícil. Es una imagen muy simplificadora, limitada e ireal. Uno no puede pensar en la sexualidad en la vejez como cuando era más jóven, como si fuera un deporte, o un reto a lograr, a modo de meta, rendimiento o competición. Con esa mentalidad, lo tenemos bastante negro cuando lleguemos a la vejez. Lo recomendable, y lo que la mayoría de personas mayores hacen, es cambiar de actitud y darse cuenta de que la sexualidad no es unicamente coito con penetración, sino que incluye más comportamientos, como otorgar más libertad e importancia a las funciones afectivas, comunicativas, que están también presentes en el sexo y que, no sólo no declinan con la edad, sino que, incluso el placer obtenido con esos otros comportamientos sexuales como caricias, estimulación mutua, etcétera, pueden ser más profundos. A ello se une la experiencia, que juega un papel determinante.

P.- ¿Sería positivo recurrir a la educación sexual en todas las edades?

R.- Otra educación sexual sería muy positiva. La transmitida en la infancia y en la vida adulta ha estado siempre muy sesgada y limitada a un aspecto muy biológico y centrada en el aspecto de los riesgos. Habría que darle una dimensión más afectiva, comunicativa… Ocurre, sobre todo, en el caso de los hombres, entre los que habría que desvincular, por ejemplo, tener una erección con el autoconcepto, con la imagen que tiene uno de sí mismo. Ser hombre no es estar ‘siempre dispuesto’ o ‘erecto’ o realizar el coito con rapidez.

P.- ¿Qué ocurre con la sexualidad en las residencias?

R.- En las residencias, la sexualidad pasa como en muchos otros temas: una persona cruza su puerta y deja de ser un ciudadano con derechos y pasa a ser usuario, cuando no un paciente. Muchas veces esto implica tener que dejar de tomar decisiones sobre la propia vida y que los demás empiezan a tener el control de tu vida. En el caso de la sexualidad conlleva que, personas con vida sexual activa, antes del ingreso, en la residencia se encuentra con barreras que se lo impiden. Por ejemplo, la falta de privacidad y de intimidad. Muchas residencias se diseñan como hospitales, para mejor acceso profesional, en detrimento de la persona usuaria. Ni siquiera en el baño la persona puede estar segura de que no la van a interrumpir. También se realizan actividades estandarizadas y en grupo, siempre se está acompañado. Este es otro obstáculo. Y luego están las barreras de las actitudes. De los profesionales, de los familiares y de los propios compañeros usuarios que, muchas veces, son los que coartan la libertad sexual, aún inconscientemente, por cuestiones como ‘el qué dirán’.

P.- ¿Son actitudes heredadas de otros tiempos?

R.- Por supuesto, basta que haya un grupo o persona que tenga una moral más estricta o diferente que los demás para que esta imponga que la residencia se pliegue a su visión y deseos. Esto ocurre porque las residencias no recogen esta cuestión.

P.- La Atención Centrada en la Persona (ACP) que intenta introducirse en las residencias, ¿no aborda dicha sexualidad?

R.- Soy gran admirador de este nuevo modelo y estoy muy al día de él, pero, desgraciadamente, de sexualidad trata muy poco. Uno puede sobreentender que el respeto a los derechos de las personas mayores que promulga la ACP también implica su sexualidad, pero en la teoría y en la práctica, se trata mínimamente esta cuestión. Dentro de la ACP y, en cuanto a los derechos de las personas que viven en residencias, se encuentran también el respeto a sus derechos sexuales. El de todos. El de quien desea seguir teniendo una vida sexual activa y quien no.

P.- ¿Esto será particularmente difícil entre otros colectivos como el LGTBI?

R.- Los profesionales suelen ver la sexualidad de las personas mayores en residencias como un problema añadido a todos los que, de por sí, tienen a diario. ‘Bastante tengo yo todos los días, como para encima preocuparme por si un señor se quiere masturbar o una señora quiere vivir con pareja’, piensan. Y en este escenario hay dos colectivos que son especialmente “problemáticos”, que lo tienen particularmente complicado: las personas con demencia, que también tienen derechos sexuales y cuyo manejo es especialmente complejo. Y el colectivo LGTBI cuyos integrantes, cada vez más, afortunadamente, viven en un entorno normalizado, pero que, por desgracia, en su mayoría tienen que volver a “meterse en el armario” porque sus derechos sexuales no se comprenden ni respetan.



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